El Parque de El Capricho es uno de los jardines históricos más singulares de Madrid. Situado en la Alameda de Osuna, lejos del centro monumental, conserva el paisaje de una antigua finca aristocrática creada entre finales del siglo XVIII y las primeras décadas del XIX. Su propio nombre resume bien la intención de su promotora: construir un lugar de imaginación, cultura y ocio donde arquitectura y naturaleza pudieran combinarse libremente.
La principal figura vinculada al jardín fue María Josefa de la Soledad Alonso-Pimentel y Téllez-Girón, condesa-duquesa de Benavente y duquesa de Osuna. Pertenecía a una de las familias más poderosas e ilustradas de su tiempo y convirtió la finca en un espacio relacionado con las ideas, las artes y la sociabilidad aristocrática.
La propiedad fue adquirida progresivamente entre las décadas de 1780 y comienzos del siglo XIX. El jardín se desarrolló durante muchos años y continuó recibiendo intervenciones después de la muerte de la duquesa. Esa larga evolución explica la variedad de estilos y construcciones que aparecen durante el recorrido.
El Ayuntamiento distingue tres grandes tradiciones paisajísticas dentro del conjunto. Cerca del palacio aparece un jardín de carácter francés, basado en una composición más geométrica y en setos cuidadosamente recortados. La zona italiana, más antigua, combina vegetación y sombra con una organización distinta. La mayor parte del parque responde al jardín paisajista inglés, concebido mediante recorridos irregulares y escenas que intentan producir una sensación de naturaleza espontánea.
Este último modelo es esencial para entender los llamados caprichos. Pequeñas construcciones aparecen a lo largo del paisaje como sorpresas destinadas a ser descubiertas durante el paseo. El Abejero, la ermita, el fortín, el embarcadero, la Casa de la Vieja, el Casino de Baile y otros elementos crean una secuencia casi teatral.
El jardín no pretendía simplemente ofrecer belleza vegetal. Era un espacio de experiencia. Cada camino podía conducir a una escena distinta y cada construcción despertaba asociaciones culturales o emocionales. Esta forma de diseñar el paisaje estaba muy vinculada a las nuevas sensibilidades europeas de finales del siglo XVIII.
El agua tiene una presencia fundamental. Rías, estanques y fuentes permiten construir reflejos y recorridos. El lago y la ría principal fueron desarrollados en las primeras fases del jardín y se alimentaban de manantiales y pozos de la finca. El sistema hidráulico era necesario para mantener el paisaje, pero también se convirtió en recurso escenográfico.
Una de las piezas más conocidas es el Templete de Baco, situado en una elevación y concebido como arquitectura clásica dentro del paisaje. Otros elementos, como la Exedra de la Plaza de los Emperadores, incorporan una dimensión conmemorativa vinculada a la memoria familiar de los Osuna.
El parque fue frecuentado por intelectuales y artistas. La duquesa mantuvo relación con figuras destacadas de la cultura ilustrada y su mecenazgo constituye una parte esencial para comprender la finca. El Capricho puede verse, por tanto, como una prolongación paisajística de los intereses culturales de una aristocracia abierta a nuevas ideas.
Con el paso del tiempo, la propiedad atravesó etapas de abandono y transformación. En 1974 fue adquirida por el Ayuntamiento de Madrid y posteriormente se impulsaron trabajos de restauración. Su protección como jardín histórico reconoce el valor conjunto de vegetación, arquitectura y paisaje.
El siglo XX dejó además una huella completamente diferente. Durante la Guerra Civil se construyó en el parque el búnker conocido como Posición Jaca, que albergó el Cuartel General del Ejército Republicano del Centro. Esta estructura subterránea convierte un jardín de recreo aristocrático en escenario de otra historia: la defensa militar de Madrid.
El búnker comenzó a construirse en 1937 y estaba concebido como instalación segura para el mando. Su presencia resulta casi invisible desde la superficie y contrasta con los templetes y escenas paisajísticas del siglo XVIII.
Actualmente, el Palacio de los Duques de Osuna está inmerso en un proceso de rehabilitación y musealización vinculado a un futuro museo dedicado a la duquesa y a la Ilustración. Esta actuación reforzará la lectura histórica del conjunto más allá de su dimensión puramente paisajística.
Al recorrer El Capricho, no busques un único monumento principal. La esencia del jardín está precisamente en la secuencia. Un puente, una ría, un templete, una casa rústica o una plaza aparecen como episodios de una narración construida mediante paisaje.
La variedad de estilos refleja una época de experimentación en el diseño de jardines. Frente a la geometría absoluta del jardín formal, el paisaje inglés introdujo curvas, irregularidades y perspectivas aparentemente naturales. El Capricho reúne ambos mundos y permite compararlos dentro de una misma finca.
El jardín es también un ejemplo excepcional de cómo Madrid conserva patrimonio fuera de su núcleo histórico. Su distancia del centro contribuyó quizá a mantener una atmósfera muy diferente a la de parques como El Retiro.
Antes de terminar, piensa en la figura de la duquesa recorriendo esta finca a finales del siglo XVIII. El jardín funcionaba como espacio privado, cultural y social. Hoy es patrimonio público. Ese cambio de propietario y de función ha permitido que un antiguo escenario aristocrático se convierta en uno de los lugares donde mejor puede entenderse la historia del paisajismo en Madrid.
Una de las mejores maneras de recorrer El Capricho es aceptar el juego para el que fue diseñado. En lugar de avanzar buscando el camino más corto, conviene dejar que los senderos oculten y revelen las construcciones. El jardín paisajista utiliza precisamente esa incertidumbre: una curva impide ver lo que aparecerá después y un cambio de vegetación modifica la atmósfera. Los “caprichos” funcionan como escenas dentro de ese recorrido. La experiencia contemporánea sigue reproduciendo, en parte, la intención original de sorprender al visitante. Al mismo tiempo, saber que bajo ese paisaje existe un búnker de 1937 añade un contraste radical. Pocos lugares reúnen de forma tan intensa la cultura aristocrática de la Ilustración y la memoria militar del Madrid del siglo XX.
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